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Tras 114 años, el Museo de La Plata restituye restos humanos al Pueblo Aché (3)
11 y 12 de junio de 2010
 
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(Tercera parte) Los restos mortales llegaron el viernes 11 de junio, alrededor de las 16.00 horas, a la comunidad Aché de Ypetimi (Dpto. de Caazapá). Un poco antes, varias delegaciones de ancianos, ancianas, y jóvenes procedentes de los otros seis asentamientos de la etnia, ubicados en los departamentos de Canindeyú, Caaguazú y Alto Paraná, habían acudido para rendir, con las familias de Ypetimi, un homenaje conmovedor a la memoria de sus muertos.

En moto, los jóvenes de Ypetimi también se movilizaron para esperar –en el pequeño pueblo cercano de Tarumá- la llegada del bus que traía desde Asunción los restos mortales con su comitiva (representantes Aché de LINAJE y la FENAP, directivos argentinos del Museo de La Plata y antropólogos). Así, con una improvisada pero emotiva escolta motorizada, los Aché acompañaron los últimos kilómetros del camino de regreso -postergado desde hacia demasiado tiempo-, de la niña Kryygi  hacia su hogar y su gente.


Crónica de un emocionante recibimiento

 Tras llegar al centro de la comunidad, cerca del templo*, el bus se detiene frente a dos filas de hombres parados y pintados al igual que luchadores de la temible pelea funeraria del tô-mumbu, un ritual vigente en el bosque hasta los años setenta; algunos de ellos tienen el hombro y la cara pintados de negro, cubiertos de pelusa blanca y de un gorro de piel animal.

Tres  mujeres llevan  los féretros al templo, en donde se congregan numerosas familias además de las delegaciones Aché.

 Al ver las urnas mortuorias, los hombres en fila empiezan a dar, in crescendo, repetitivos e intimidantes mugidos de ira -jâmbu-, mientras blanden  sus largas masas tradicionales de alecrín y sus pesados arcos de palmera dura; las mujeres gritan y agarran a algunos de los peleadores, intentando tranquilizarles y refrenar el creciente enfado y el deseo irreprimible de los hombres de golpear para desahogar su dolor y su tristeza.

Hoy, los cazadores no derramarán su sangre para vengar a los difuntos -como lo hacían en un pasado no tan lejano-, pero sí bastantes lágrimas y desesperación…

 Al ser introducidos en el templo, los restos son acogidos por saludos lacrimales, desgarradores, de unas ancianas, y por los gritos fúnebres de mujeres y adolescentes. La emoción llega al colmo. Hoy, los Aché sureños y norteños honran a la niña Kryygimaî y al joven asesinado en los yerbales de Yuty (Dpto. de Caazapá), y lloran juntos -quizás como nunca antes- a sus muertos desparecidos en semejantes circunstancias.

 Pasan largos minutos de acogimiento antes de que oradores sucesivos comiencen a expresar su dolor, clamando su indignación y hasta su furor por las matanzas y los tratos infrahumanos perpetrados en contra de miembros del Pueblo Aché..

 El contacto visual y táctil de los huesos por la multitud presente, el examen presto pero seguro -por unos respetuosos ancianos sentados- de las marcas indelebles dejadas en el cráneo por el arma homicida, constituyen otros momentos fuertes de esta ceremonia de recibimiento.

 Hoy, los Aché son mayoritariamente evangélicos. 

El entierro

Debido a la presencia de observadores y cámaras, así como a la hora ya muy avanzada del día, los Aché de Ypetimi decidieron proseguir con el velatorio de los restos durante la noche y darles una sepultara sólo al día siguiente, dentro de un lugar secreto del Parque Nacional de Caazapá, fuera de las miradas y cámaras de los Blancos.   

Hoy, los restos descansan en un lugar escondido del bosque ancestral de los Aché sureños.

 
 
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